La ciudad es la historia de los hombres

0

Por Sebastián Sosa López, arquitecto.

La ciudad es una vida hecha de muchas vidas, crece y se desarrolla cómo un liquen en la piedra, su forma desde el espacio se asemeja a una mancha. Está viva porque nosotros la habitamos, ella es el resultado de nuestra intuición que, con algo de jactancia decimos, es planificada. Los arquitectos calificamos su aspecto, definimos su imagen, damos nombres a cada uno de sus componentes: “perfil, borde, límite, hito, nodo”, y cada cual es un objeto o conjunto de formas arquitectónicas que hacen a la ciudad: puentes, avenidas, plazas, edificios, monumentos, contornos, todo el conjunto representa a la ciudad, y al verla sabemos de cual se trata.

Pero todas, amén de albergar lo visible, ocultan aspectos que forman su carácter, son los registros de la memoria colectiva enmarañados en la bruma de cemento de la geometría urbana. Testimonios de la tradición oral que reviven en la conversación, descorriendo el velo de aquello que nos hace sentir. Tiempo para el asombro -grato- en el que descubrimos acontecimientos, que aunque hubieren sido nimios, son la expectativa del relato.

Entonces la urbe es el acceso a la cultura de un pueblo, la celebración de los sentidos frente a un repertorio. Las líneas dibujan su horizonte y los trazos arman los volúmenes, pero no se queda ahí con su hechura estática, es un croquis viviente que entrega sonidos, aromas, movimiento, cómo una dama sensual que ofrece su atractivo al asombro de los caminantes. O una traza en medio del páramo, puesta allí para los peregrinos, un conjunto de cosas que exhibe la existencia.

Y sus calles, el bullicio interminable de su respiración, pausada en sus silencios nocturnos cuándo duerme. Las flores en primavera en los bulevares, plazas o parques, o el azul cielo, o también plomizo cuándo la lluvia nos recuerda que somos parte del mundo. Los calores del verano, escondidos a la sombra, para que a la noche, nosotros, la bandada de aves nocturnas, salgamos al fresco para reunirnos. La ciudad inmersa en el tiempo, cayendo de una rama como hojas secas, esparcidas por la brisa, hasta llegar al invierno, en una mañana fría que nos despierta con los aromas a pan tostado y a café recién hecho.

La ciudad, la que cada uno eligió amar, esa que nos refugia, que guarda intimidades, la que recorremos gastando zapatos, la que no vemos ya de tanto conocerla, cada esquina, cada calle, los personajes de siempre, el pregón de algo que se ofrece. Aferrados estamos a ella (o abrojo en la botamanga) de tal manera que a su sola vista la confianza se renueva. Estar lejos es un exilio, aunque sea por una pizca de tiempo. Aquí hicimos nuestra vida, están los más tempranos recuerdos, la juventud de nuestros padres, sus anhelos, los nuestros, la vida entera, ahora en nuestros hijos. La ciudad es la historia de los hombres.

Compartir.

Comentar