Lo acontecido en las ciudades de Buenos Aires y La Plata debería llevarnos a reflexionar sobre nuestras propias realidades.
El acontecimiento meteorológico que arrasó con algunas zonas de esas urbes es excepcional, se entiende, por la cantidad de agua caída y el escaso tiempo en que se desarrolló. Pero, como han dicho varios estudiosos del tema, no será el último, será recurrente y NADIE está exento de padecer algo semejante.
No sé si alguna de las ciudades de nuestro país está preparada para resistir estos embates originados en el cambio climático que parece que llegó para quedarse. Me animo a afirmar que ni siquiera están preparadas para un hecho de menor magnitud.
Pero vayamos a nuestra ciudad porque es la que conocemos y la que, en algunas ocasiones, padecemos.
Se ha dicho, desde algunos profesionales hidrólogos y urbanistas que el problema de las dos ciudades arrasadas por el fenómeno meteorológico radica fundamentalmente en la falta de políticas públicas sobre uso del suelo y ausencia de control sobre el avance del mercado inmobiliario.
La falta de políticas que regulen el uso del suelo, la carencia de obras de infraestructura (subordinadas a la primera ), un proceso de urbanización descontrolado, son elementos que sumados, más tarde o más temprano, facilitarán un desastre similar al de La Plata y Buenos Aires. Y tal vez ni siquiera haga falta que la lluvia supere las previsiones meteorológicas para la época, en cantidad y tiempo.
Mucho se ha hablado de la particular conformación topográfica de la ciudad de San Luis, con una pendiente muy pronunciada en sentido Este-Oeste, con urbanizaciones relativamente nuevas ubicadas en el pedemonte que fue despojado de las áreas de contención y absorción naturales, reemplazadas por calles pavimentadas que se constituyen en canales peligrosísimos para los barrios ubicados en cotas más bajas. Ni qué hablar de la zona Oeste, natural receptora de todas las aguas de lluvia de la ciudad. Un recorrido por esa área de la ciudad permite observar, por ejemplo, las barrancas cavadas por las aguas de lluvia que han inutilizado una gran cantidad de tierras cultivables sobre la vieja ruta a San Juan.
Falta aún la ejecución de las obras de infraestructura necesarias para canalizar estas aguas. Lo que se ha ejecutado es absolutamente insuficiente. Más grave aún es la ausencia de un buen proyecto de desagües pluviales que garantice el resultado de esas obras. O, si se ha realizado, no se ha dado a conocer a la comunidad que podría opinar a través de sus entidades profesionales.
Pero no basta con la ejecución de estas y otras obras de infraestructura si no van de la mano de un proceso de urbanización controlado. Es imprescindible frenar la impermeabilización de áreas inundables que produce el boom de la construcción, determinar cuáles serán las áreas que, más allá de la especulación del mercado inmobiliario permanecerán como espacios verdes facilitando la absorción de las correntías de agua que bajan de las zonas altas. Corazones de manzana que desaparecen, barreras que se interponen e impiden el escurrimiento, obras públicas y privadas emplazadas en sitios inadecuados, todos elementos que obedecen a la improvisación y la especulación pero jamás a una PLANIFICACION.
En definitiva, este pretende ser apenas el disparador de un debate que los ciudadanos nos merecemos por la calidad de vida de los que actualmente habitamos esta querida ciudad y por su futuro. Para evitar catástrofes como la que pudimos observar con verdadera consternación de parte de los espectadores, con dolor y angustia por parte de los afectados y con desconcierto, mezquindades y rencillas políticas inconducentes entre los que tienen el deber de bien administrar nuestros recursos.
Para terminar, a los Sres. administradores de lo nuestro, les rogamos que prioricen la necesidad de abocarse a la Planificación Urbana con Gestión Territorial. Y recordemos que la ciudad no es una isla. Que está inmersa en un contexto mayor que impacta sobre ella y viceversa. Que se impone una gestión a nivel municipal, provincial y por qué no nacional.



