Solemos ser vehementes a la hora de defender nuestros intereses particulares. Velar por ellos, encenderse y apasionarse en su resguardo es una condición natural del hombre y por supuesto, no sometemos a esta actitud a ningún tipo de valoración.
Sin embargo, vivir en sociedad, nos lleva a atravesar los límites del individualismo y acordar una convivencia entre nuestros intereses y aquellos que son comunes a todos. Y es aquí donde comienzan los inconvenientes. Si el problema es de todos termina no siendo de nadie.
Asumir que el cuidado del medio ambiente es un compromiso de todos, más que un hecho revelador, debería ser una actitud a adoptar rápidamente y sin complejo alguno, nos va la vida y la de nuestros descendientes en ello. En la nota de Medio – Ambiente de la presente edición, más allá de la descripción del problema y apuntar algunas medidas que se están adoptando para disminuir la generación de desechos (basura), la licenciada Paula Fiol, enumera una serie de medidas que debiéramos tomar de cara a tan acuciante dilema.
Nuestro comportamiento en la vida cotidiana, en la rutina diaria demuestra la falta de empeño al momento de colaborar, desde nuestro lugar, a atenuar al menos algunos de los efectos de la contaminación a los que mansamente nos subordinamos.
Pretender que los organismos oficiales sean los únicos responsables de nuestra calidad de vida es, sin ánimo de ser apocalípticos, suicida; también está en nuestras manos cuidar y mejorar el medio en el que vivimos y que seguramente querremos dejar en condiciones de ser vivido por las próximas generaciones.



