Muchas veces, al sumirme en la casi frenética tarea de cerrar una edición y comenzar a darles el último retoque a las notas descubro una letra, una coma, algún punto o algún concepto que debo reformular rápidamente y seguir casi como un acto mecánico. Pero en esta nota en particular, jamás pude abstraerme del hecho de quien fue su autor, era uno de nosotros, un colega, un amigo, un gran profesional que nos dejó, entre otras cosas estas consideraciones relacionadas con dos de sus grandes pasiones: la arquitectura y la ciudad de San Luis.
Hace algunos años participé en la remodelación de un edificio de uso comercial. Tenía dos salones bastante retirados de la línea municipal obligatoria y era la intención del propietario, recuperar esa distancia e incorporarla en los salones. Luego de numerosas argumentaciones de mi parte accedió a mantener el retiro municipal.
El asunto es qué beneficia más: ¿aumentar la superficie interior en un 5 o 10% o permitir la contemplación de vidrieras en un 100%? Este argumento numérico fue decisivo.

Pero hay otros explicaciones y conceptos que tienen que ver con la relación entre la propiedad y la ciudad, recordando que ésta es el “hábitat cultural” en que estamos inmersos.
El límite entre el dominio público y particular más allá del concepto legal, es un concepto de la vida de relación, es una frontera entre uno y los demás. Podemos cerrarla o abrirla, sirve para protegernos o para intercambiar valores muy variados, económicos, emocionales, estéticos y/o culturales.
Los ejemplos abundan, desde la plaza al pie de grandes edificios hasta el atrio frente a los templos. Desde las marquesinas de los comercios hasta los jardines… son los llamados “espacios de transición” y nos permiten transmitir de adentro hacia afuera el significado de la función que se está desarrollando en el interior.
En el tramtamiento dado a ellos se pueden lograr mensajes que apunten al intelecto, a las emociones. Una escalinata al pie de un edificio público transmite gerarquía y autoridad y mientras mayor tamaño tenga, más fuerte será el mensaje, más sensación producirá.
Esta posibilidad de tratamiento del espacio de transición requiere sólo que el vecino de la “Urbe” sienta y comprenda que al encarar su obra está contribuyendo a darle identidad, personalidad a la ciudad, ya sea en el centro o en los barrios.
A través de la arquitectura se logra leer la cultura de los pueblos a lo largo de los siglos y con mayor razón la los tiempos presentes.
Ceder fronteras espaciales propias para relacionarse con la ciudad resulta entonces algo bastante más importante y trascendente de lo que en principio parece.



