Una historia Monumento a San Martín

La pieza oculta

Trabajadores ornamentan con luces, la estatua de San Martín, en el año 1938. (Archivo Fotográfico La Vía)
Trabajadores ornamentan con luces, la estatua de San Martín, en el año 1938. (Archivo Fotográfico La Vía)

Hace un siglo, al inaugurarse el monumento del general San Martín en plaza Independencia, por una extraña razón nadie reparó en la valiosa pieza que dos años antes, había quedado depositada dentro del pedestal. Todos olvidaron mencionarla aquel 9 de julio de 1916, como un descuido que quizás por providencia, ha continuado hasta nuestros días.

Y es que de haberse conocido antes el dato, seguramente no iba a faltar el comedido que con el pretexto de realizar cualquier obra, buscara sacar la reliquia escondida para entregársela al “trompa”, en la réplica del Cabildo. Ya que su sola referencia histórica –vale decir-, guarda más significado que la reproducción completa de la Recova en La Punta.

Desde que en 1913, el gobierno nacional dispuso levantar monumentos al Libertador en varias provincias argentinas, en San Luis el sitio elegido para su ubicación fue la plaza “Mayor”. También conocida como “de Armas”, su origen data de 1691, cuando se la diagramó para que las milicias ciudadanas practicaran allí ejercicios militares.

Un grupo de niños busca agua en la fuente de plaza Independencia, antes que la demolieran en 1914. (Archivo fotográfico La Vía)
Un grupo de niños busca agua en la fuente de plaza Independencia, antes que la demolieran en 1914. (Archivo fotográfico La Vía)

Más rápido de lo que en la actualidad demora establecer, qué esconde bajo tierra esa zona histórica de la capital, en noviembre de 1914 ya habían dado inicio las tareas. Y la primera labor encarada, para lamento de los puntanos, fue demoler la bonita fuente que adornaba el centro del tradicional paseo, según lo atestiguan las tempranas imágenes tomadas por don José La Vía.

Con el contratista llegado de Buenos Aires, los trabajos los costeó la Comisión del Centenario de 1810. La provincia por su situación financiera no podía afrontarlos, ya que antes debía pagarle a los maestros que llevaban 9 meses sin ver un peso. Tampoco la Intendencia podía encararlos, por temor a que la compañía de electricidad dejara en oscuras la ciudad, a raíz de otra deuda.

Pero en gastos, quien no ponía reparos era el gobierno nacional. Había hecho traer granito desde Hamburgo, Alemania, para recubrir el pedestal, pese a que en San Luis esta piedra es abundante, tiene mejor calidad y resulta más barata al pié de la obra. Una idea “inverosímil”, la juzgaba el diario “La Reforma” del 7 de noviembre de 1914, que se conserva en el Archivo Histórico.

La pieza oculta

La escultura del General en tanto, que pesaría arriba de 3 toneladas, se construía junto a otras similares en el Arsenal de Guerra de la Nación, a un costo de $20.000 cada una. El diseño fue una réplica de la erigida en plaza San Martín de Retiro, y que realizó el francés Louis-Joseph Daumas, inspirándose en un cuadro de Napoleón pintado por David.

Con las tareas avanzando a buen ritmo, el profesor Juan W. Gez apuraba a la vez su historia de San Luis, que debía presentar para el centenario de la Independencia, fecha en que quedaría inaugurado el monumento. Ese era el compromiso asumido en 1910 ante el gobierno, por el autor que ya tenía concluido el primer tomo y le faltaba el segundo.

En vano había resultado la gestión para que los eminentes Juan T. Zavala y Nicolás Jofré, también colaboraran con el escritor. Nada escapaba a la clara división política de la sociedad puntana, como la estatua de bronce del Libertador que llegó por tren, desarmada en 4 partes: el jinete, el cuerpo y la cabeza del caballo, más la cola, que aquí serían soldadas.

Recorte del 28 de noviembre de 1914, del diario La Reforma
Recorte del 28 de noviembre de 1914, del diario La Reforma

Vaya uno a saber por qué motivo, el monumento estuvo listo un año antes, y el contratista porteño se mandó a cambiar dejando empotrada la placa que aún indica “1915”. Con los jardines sin terminar, al menos tuvo cuidado en ubicar al Libertador señalando el campamento de Las Chacras, y no hacia Los Andes como el resto de las figuras, o el oriente por tradición masónica.

De acuerdo a lo previsto, la obra quedó inaugurada para el centenario de la Declaración de la Independencia. Aquella ceremonia tampoco estuvo exenta de situaciones insólitas, que rompieron la acostumbrada solemnidad de estos actos, con escenas propias de las películas mudas, que ya entonces se proyectaban en el cinema Victoria.

Uno de esos momentos se presentó al descubrir la estatua. Gez ni miraba en terminar su eterno discurso, mientras San Martín cubierto con una sábana, seguramente aprovechó de tomar una siesta. El caso fue que llegada la hora el prócer no se dejaba destapar, como si estuviera igual de cansado que el público, por venir siguiendo los actos desde las 9 de la mañana.

Aviso publicitario de la tienda, publicado en La Reforma (30 mayo 1914)
Aviso publicitario de la tienda, publicado en La Reforma (30 mayo 1914)

Salvada la situación, la gente que ya había estado en el tedeum al mediodía y el posterior desfile, sólo pensaba en irse a preparar un buen puchero, con los víveres repartidos por la comuna. Pero aún faltaban las palabras en plaza Pringles del profesor Salustiano Aguilera, quien tal vez por miedo a que lo fueran a comer vivo, tuvo una descompostura en el inicio, obligando a concluir los festejos.

Por la noche, familias de la clase alta asistieron al exclusivo Club Social, donde el gobernador Juan Daract dio inicio al baile oficial. Al otro día, allí mismo tuvo lugar la velada de gala, con obras musicales y teatrales, mientras el resto de los vecinos se reunía en plaza Independencia, para ver los fuegos de artificio preparados por el “pirotécnico” Juan Muñoz, en su fábrica de calle Chacabuco.

Tanto jolgorio con ciertas conductas “censurables”, según dijo La Reforma al elegir omitirlas en su crónica del 12 de julio, quedaron en el olvido para la celebración del año siguiente (1917). El homenaje entonces fue una simple formalidad. Y no pasó mucho tiempo cuando cuatro burros andariegos también dieron la nota, al detenerlos la policía mientras pastaban al pie de un abandonado San Martín.

Para 1918, los festejos directamente pasaron desapercibidos. Contra la práctica establecida, no hubo tedeum, ni si quiera himno. “Convengamos en que las finanzas del gobierno exijan mucha economía, pero no tanto que se llegue a olvidar la conmemoración de los grandes días patrios”, reclamaba La Reforma veinticuatro horas después de la significativa fecha.

Peor fue lo ocurrido en 1919, donde el crítico estado sanitario de la ciudad por un brote gripal, con enfermos en las casas y las escuelas clausuradas, representó la excusa para suspender los actos. Dada la pobreza generalizada y el rigor de un invierno excepcional, el gobierno recomendaba que la mejor forma de homenajear era “ir en ayuda de los necesitados, con abrigo y alimento”.

Así llegamos al 2016, donde la historia vuelve a repetirse. El tibio patriotismo, la carestía, el frío, la gripe, hasta el inevitable corte de luz por no pagar las boletas con aumento. Y si de algo nos olvidábamos, la pieza escondida en el monumento a San Martín que antes se exhibió en “Los Baskos”. Tienda que con sus “¡grandes liquidaciones!”, sigue aún llamando a los flacos bolsillos puntanos.

Este artículo se publicó en la edición 34 de Vivir Urbano. Leer la edición completa