En una reunión de la que participaba hace unos días, tire como al descuido, la idea de la producción de Vivir Urbano de escribir algo sobre la cada vez más probable construcción del muro de Donald Trump. Al unísono, los que estábamos reunidos repudiamos la intención discriminatoria y descalificamos rápidamente al proyecto xenófobo y a su mentor, por supuesto.
Aproveche entonces, ya que note coincidencias importantes en el análisis, para traer a la mesa con disimulada intención, algún antecedente más vernáculo y como soy de los que piensan que nos perturba y nos revela un gran muro entre Estados Unidos y México, pero que cotidianamente vemos y aceptamos infinidad de muros más pequeños que quizás, cumplan solamente con dotar a quienes viven entre ellos de ciertas condiciones de nivel social a partir de lo económico u obedecen a pautas más ideológicas y su misión es la de resguardar a unos de otros, puse como ejemplo “la pared” que separa al barrio privado Los Quebrachos de todos sus vecinos. El debate giro también, en torno a otros desarrollos inmobiliarios con características similares, que tienen cercos vivos, cierres perimetrales de alambrado olímpico u otras formas de cerramientos pero que básicamente todos buscan lo mismo y que si no lo tuvieran, obviamente no serían lo que son. Con comentarios a favor o en contra, estos tipos de emprendimientos son más del cincuenta por ciento del mercado inmobiliario actual y tienen efectos multiplicadores en la economía local. Verdaderos fenómenos urbanos, los barrios privados son áreas residenciales cerradas con rejas, barreras y cuentan, en general con seguridad privada. Se los considera como parte de la fragmentación a las que se someten a las ciudades en la actualidad; preferentemente se los proyecta en zonas retiradas del centro, cerca de asentamientos lo que contribuye, en muchos casos a hacer más visible la desigualdad económica.
Con un respeto casi reverencial hacia cada una de las opiniones (que ya no eran tan uniformes) terminamos por concluir que la barrera física determina sin lugar a dudas, quienes pueden ingresar y quienes no, en primer lugar.

Que la desigualdad social, encarnada en la inseguridad y la violencia urbana y la búsqueda de cierta homogeneidad social son las principales causas de esta nueva moda de desarrollos urbanos.
Que también estos desarrollos tienen consecuencias, principalmente en el aspecto social en donde la polarización económica y cultural es imposible de disimular y la brecha entre ricos y pobres es cada vez mayor.
Las ideas de “no ver” como viven los vecinos pobres y “que no me vean” como yo vivo, que justificaban los muros en algunas posturas de nuestro debate, no fue citada como causa para optar por un barrio amurallado en entrevistas realizadas posteriormente a 3 personas que viven en un barrio privado. Si resaltaron la oportunidad de una buena inversión y a tener mejor seguridad.

Los encargados de vender estos desarrollos urbanos hacen hincapié en estos atributos y aconsejan una inversión basada en el confort, la seguridad y la tranquilidad, sin evaluar más cuestiones. De todos modos es su negocio y no les corresponde a ellos revisar la legislación al respecto de los barrios privados o cerrados y mucho menos detenerse en cuestiones tan subjetivas como las que describimos anteriormente.
Un corolario a esta columna es el comentario del arquitecto Cesar Pelli, relacionado a los barrios cerrados, privados y countries: “Son espacios para vivir entre iguales, cuando la riqueza de las ciudades es poder mezclarse, contactarse con otros grupos, intercambiar, contactarse con otros… La gente los elige porque busca seguridad y a la seguridad la debe dar la contención social -afirma-; no es una solución individual. Si el grupo social es seguro no hay que salir a buscar esa garantía en espacios individuales… dividen a la población en vez de unirla. Son sinónimo de miedo”.





