La ciudad de San Luis no escapa a la discusión entre profesionales, políticos y ciudadanos, sobre la idea que la densificación (territorial o constructiva) es una solución a muchos de los problemas urbanos que enfrentan las ciudades, siendo ésta una idea aún popular y arraigada en el imaginario local, pero equivocada y peligrosa. Equivocada porque asume implícitamente que lo urbano se limita sólo a lo construido y puede ser aislado de su entorno, situación que incluso se plantea en la misma normativa que pretende regular en materia territorial. Peligrosa porque influye en la elaboración de políticas de desarrollo urbano que ignoran el impacto de la ciudad en el medio biofísico. Aunque en las últimas décadas ha aparecido una crítica robusta en contra del mito de la densidad, lo cierto es que el urbanismo común aún tiene fijación por el tema, que es parcialmente el resultado de una literatura urbano-céntrica, una anacrónica obsesión por la ciudad medieval europea y un justificado y acertado disgusto con el modelo de urbanización extendida (el llamado “sprawl”) de la posguerra. Si se parte de la premisa que las centralidades y el sprawl son dos caras de la misma moneda, podemos deducir que, son formas urbanas interdependientes y coproducidas. O sea que para terminar con el sprawl, hay que terminar con las centralidades. Entonces la noción que la ciudad compacta es una ciudad ambientalmente benigna parte de la engañosa imagen de la ciudad amurallada medieval que ignora el papel que juega el entorno ambiental descontándolo simplemente como una “externalidad.” De ahí la importancia del desarrollo de nuevos modelos en los que no exista un “exterior”. Podemos decir que a partir del 2005 se popularizó la idea que, “por primera vez en la historia, más de la mitad de la población mundial vive en ciudades”, incluso se menciona que para el 2050 el 90% de la población vivirá en una ciudad. Si consideramos que según diferentes grupos y organismos, la extensión global de suelo urbano oscila entre el 0.5% y el 5% de la superficie del planeta, entonces hay cuentas que no cierran o al menos hay parámetros que no miden. Pero el problema con tales declaraciones no sólo es la dificultad y casi la imposibilidad de determinar los parámetros adecuados, sino la premisa misma de establecer una separación entre lo urbano y el “resto.” Sin definir a qué se considera “resto” A pesar de todos los modelos urbanos desde 1925 al presente, los urbanistas generalmente han prestado nula atención al espacio que queda fuera del límite de lo que llamamos ciudad. Una de las consecuencias de esta división forzada entre lo urbano y el “resto”, es el establecimiento de una relación antagónica entre las partes especialmente contraproducente de cara a la actual crisis ambiental local, regional y mundial. Por esta razón las ciudades han sido vistas negativamente como un problema ecológico tanto por la misma teoría urbana como por el discurso ambiental popular, tanto así que en este sentido, se habla de mancha urbana, un término ya de por sí con connotaciones negativas que hace ver a las ciudades como un problema. Así, podemos considerar al menos tres frentes cuestionando la dicotomía entre la ciudad y el exterior: – la geografía política, – el urbanismo de paisaje y – la ecología política urbana, que tienen en común, primero el empleo de un marco teórico ecológico que presupone la desaparición de un exterior constitutivo ya que asume que todo está conectado con todo y por ende, la disolución de los límites entre lo urbano y lo natural y segundo, manifiestan el cuestionamiento de lo que constituye lo urbano, proponiendo un cambio de paradigma que pasa de hablar sobre la ciudad como un objeto, a la urbanización como un proceso, hoy de escala planetaria. Podemos decir que hay al menos dos implicaciones concretas para el diseño y la planeación de ciudades, una tiene que ver con temas naturales y la otra, con temas sociales. En el ámbito natural referido a la necesidad de imaginar nuevos usos de suelo. que debieran partir de una forma diferente de entender a la naturaleza, reconociendo que la noción de una naturaleza virgen y aislada es caduca y obsoleta. En su lugar, se debe entender que la naturaleza es tan construida como lo son las ciudades. En otras palabras, la ciudad y su entorno se coproducen mutuamente y deben ser concebidas en conjunto. Los nuevos usos de suelo deben permitir la hibridización del paisaje y enfocarse más en la intensidad de la producción que en la densidad de la construcción, de tal suerte que se promueva la descentralización a escala regional. En el ámbito social, se debe aspirar a un patrón de ocupación espacial menos desigual, para lo cual hay que reconocer la relación que hay entre la desigualdad social y la desigualdad espacial. Una sociedad menos desigual requiere de espacios menos desiguales. La ilusión de la ciudad densa y compacta sólo puede mantenerse si se desconoce al exterior de la ciudad como parte del proceso de urbanización.
Una vez conscientes de esto, debemos abogar por modelos descentralizados, (re)distributivos, ecualizadores, regionales e híbridos que reconozcan a la ciudad y a la naturaleza como una sola ecología sintética.



