Provengo de una generación que no estudió arquitectura enmarcado en los avances tecnológicos de hoy, más aún, ni siquiera era bien visto por parte de mis contemporáneos colegas, quienes preferían el uso “artístico” de los medios habituales como la maqueta, las perspectivas a mano alzada (muchas veces mentirosas pero hábiles vendedoras) pero me considero pionero en el uso de la tecnología del diseño asistido por la computadora.
Recuerdo por esos años (1981) usar una microcomputadora de 64 Kb de memoria y un programa que permitía dibujar sólo 256 líneas y con ellas realizaba una trama de alambres que me permitían plasmar los gráficos principales para imprimir una perspectiva que se concluía con pintura a mano.
Por ello me pareció interesante mostrar mi primera obra realizada íntegramente en diseño asistido (1993).

El programa de necesidades era simple y el comitente me otorgaba libertad y mucha confianza. En un terreno angosto (9,70 m con frente hacia el este con fuerte pendiente hacia el fondo, me solicitó un dormitorio matrimonial (sin otro dormitorio de huéspedes), un estudio (abogado) y una sala de costura, porque su esposa se dedicaba a la confección de alta costura; pero lo más importante fue que poseía una mesa de casi 3 metros de largo y expresamente la necesitaba por su actividad, donde las reuniones eran muy frecuentes. Esta combinación prácticamente me obligó a diseñar alrededor de aquella mesa.
Elegí un esquema de diseño basado en un recorrido quebrado donde el visitante aprehendía el espacio a medida que ingresaba y cambiaba de eje. Esto ayudó porque estuve casi obligado a cruzar la trama en un terreno tan angosto e ir bajando de nivel acompañando la pendiente del terreno.
Durante la construcción se adquirió el fondo del terreno aledaño, lo que oxigenó bastante el proyecto. Quizás hubiera hecho otro planteo de haberlo sabido a tiempo.

Usé también un pequeño patio interno absolutamente vidriado que me permitía funcionara como pivote del esquema y oxigenaba los espacios centrales.
Finalmente tuve otros privilegios extras que quiero destacar, el primero encargarle la ejecución como constructor a la empresa de un amigo de la infancia, el Arq. Ricardo Adamek que aceptó el desafío con la carga familiar de ser hijo y sobrino de dos constructores (Juan Y Tomás Adamek), que por la época eran reconocidos por su correcta y eficaz conducta. Esto me otorgaba la garantía del tercer punto del triángulo virtuoso de una obra: Un proyectista comprometido, un comitente respetuoso del trabajo profesional y un constructor de confianza.
Años después (1996), otro amigo, el Arq. Oscar Di Chiara coronó la puerta de acceso principal con sus maravillosos vitrales.




