El Laberinto de las Piedras, también conocido como Laberinto del Sol de Piedra, es uno de los rincones más evocadores de La Carolina, en San Luis. Este pueblo conserva la impronta de su pasado minero, la herencia poética de Juan Crisóstomo Lafinur y un paisaje montañoso que combina historia, naturaleza y símbolos culturales.
El laberinto plantea la ilusión de haber sido erigido por manos ancestrales pero su diseño es un tributo a Borges, cuyos laberintos aparecen en su obra como metáfora de lo infinito y lo enigmático.
Está construido totalmente con piedra local (laja y piedra de canteras de la zona), respetando las técnicas de la mampostería en seco.
El diseño se basa en el laberinto clásico, con muros de 1 mt. de alto adaptados a la topografía del cerro.
La extensión total es de aproximadamente 300 metros.
En el punto más alto del recorrido se encuentra el mirador, donde también se ubica un monolito de granito con la imagen del sol.
La construcción se realizó en el año 2007, bajo un concurso de ideas que organizo el Gobierno de la Provincia.
Pero el laberinto no es solo un recuerdo geográfico ni una pieza estética sino, un espacio para detenerse. Caminar entre las piedras irregulares y mirar hacia los paredones quebrados e imaginar figuras en la roca que invitan a la reflexión.
El laberinto forma parte de un complejo cultural que incluye un ajedrez gigante, un centro de interpretación, el museo, las ruinas de la Casa Natal de Lafinur y la tumba del poeta. Esta última es un monolito de piedra y una instalación que simula un patio ajedrezado, con piedras rojas y blancas, tal como lo imaginó Borges en el poema que le dedicó.
La Carolina, en el siglo XIX fue escenario de la extracción de oro. Hoy, las minas recuperadas para el turismo dan testimonio de esa historia. Además, La Carolina ofrece otros atractivos como el Cerro Sololosta, que alberga la Casa de Piedra Pintada con arte rupestre.
El Laberinto de las Piedras es, en definitiva, un destino que articula naturaleza, historia y literatura. En sus piedras se lee un pasado de minas; en su diseño, una presencia literaria; en su entorno, la grandeza silenciosa de las sierras puntanas.
LLegar a La Carolina significa internarse en un paisaje serrano. Un lugar para perderse entre símbolos.



