Una mirada Columna Leiva

Atar con alambre

Atar con alambre

Recuerdo con mucha atención una anécdota contada por la profesora de una clase de restauración de bienes arquitectónicos que tuvo la posibilidad de participar en una obra de restauro de una iglesia en la ciudad de México (creo ese era el país), junto con un equipo multidisciplinar de profesionales embebidos en el tema.

Uno de sus integrantes le transmitió su admiración por nosotros, los argentinos, con una frase muy peculiar. Alabó la facilidad de solucionar el problema que se nos presente “atando con alambres”.

Pueda que al principio sea una frase que suene algo despectiva, pero luego de pensarlo por segunda vez, ella se sintió orgullosa. Y yo también.

Hacer con lo que uno tiene es una forma de supervivencia, y sostenido en el tiempo, se vuelve parte de la identidad, y la tradición.

La arquitectura es, para cualquier pedacito de tierra, el reflejo construido y material de quienes somos. Es pertenencia y afecto. Tiene pisos y paredes, pero también palabras, manos y recuerdos. Como la patria.

Nuestra “patria construida” es un eclecticismo adaptado al territorio. No es una mezcla al azar.

Hoy sostenemos una selección de lo mejor de los diversos lenguajes que a lo largo de la historia dieron respuesta a un concepto, a un contexto, a un usuario. Como lo es de variada la flora y la fauna de nuestra tierra, lo es nuestra arquitectura de norte a sur, de este a oeste.

En nuestro país, proyectar también implica aprender a adaptarse. La arquitectura no solo se diseña; se negocia, se redefine y muchas veces se reinventa para su existencia. Atar con alambre para nosotros no es sacrificar la calidad, es que la creatividad haga de los límites una oportunidad para seguir adelante.

PD.: Buscá compartir tiempo con un arquitecto. Tiene ilusiones, es soñador. Cree que un espacio, que ideas y poesías construidas, pueden cambiar el mundo.

Este artículo se publicó en la edición 94 de Vivir Urbano. Leer la edición completa