Debido al impulso de la corriente ecologista, que trata de preservar el planeta de los efectos nocivos producidos por los gases desprendidos de las plantas de generación de energía eléctrica, los gobiernos de muchos países, entre ellos Argentina, han prohibido en forma total o paulatina la comercialización de las antiguas lámparas incandescentes.
Desde su aparición, la Asociación Argentina de Luminotecnia (AADL) ha predicado a favor de la adopción de las lámparas fluorescentes compactas para el uso en los hogares, comercios, industrias y servicios en los que la lámpara permanece funcionando al menos durante tres horas. En estos casos resulta ventajosa para el usuario, ya que con el ahorro de energía compensa el mayor precio inicial de la lámpara en aproximadamente la mitad de su vida útil, aún en condiciones de precios de energía subsidiados, como sucede hoy en Argentina. Para el país, permite postergar inversiones para el aumento de la potencia instalada, ya que los usuarios logran la misma prestación (cantidad y calidad de luz), con menor potencia consumida.
En cuanto a la energía necesaria para fabricar una lámpara fluorescente compacta, es verdad que es mayor que la requerida para fabricar una incandescente, pero dada la distinta duración de unas y otras, la comparación debe hacerse para igual prestación, y en este contexto debemos decir que la fabricación de una lámpara fluorescente compacta requiere menos energía que la necesaria para fabricar las por lo menos seis incandescentes que va a remplazar.

Hoy, se oyen comentarios respecto a los presuntos efectos cancerígenos de su radiación, de los efectos tóxicos del mercurio si se rompen, de los problemas que genera su disposición una vez agotadas, de la supuesta mayor cantidad de energía y por lo tanto mayor contaminación necesaria para fabricar lámparas fluorescentes compactas en lugar de incandescentes, y otras ideas o comentarios muchas veces exagerados.
Las radiaciones de las lámparas fluorescentes en general y de las fluorescentes compactas en particular, contienen cierta cantidad de radiación ultravioleta de onda larga, que puede afectar a algunas pieles sensibles. Lo mismo ocurre, en muchísimo mayor grado, con la luz del sol, pese a lo cual la mayoría de la gente puede disfrutar de hermosos días de playa, tomando las debidas precauciones. Para quienes la radiación fluorescente sea inadmisible, la iluminación artificial deberá hacerse en base a lámparas halógenas incandescentes (todavía permitidas) o, en un futuro que esperamos sea cercano, con lámparas con LEDs.
Lo que constituye un problema serio a considerar es el qué hacer con las lámparas usadas enteras al final de su vida útil, que no deberían ir a los basurales comunes.
Las lámparas fluorescentes deben considerarse como un elemento contaminante, igual que las pilas y tantos otros productos de consumo masivo. Deberían tener una legislación especial que el Congreso tiene en pleno tratamiento.
Por el momento la precaución de un buen envoltorio y doble bolsa cerrada es un paliativo provisorio.


