Si la mente no me engaña, la última vez que pasé frente al Cabildo habrá sido hace tres años, cuando a las cansadas buscaba completar los 42 km de la maratón de Buenos Aires. O quizás fue este fin de semana al visitar La Punta, donde está su réplica, pero con las medidas originales de 1810. La verdad es que no lo tengo bien presente en la memoria. Probablemente sea producto de una confusión pasajera. A veces ocurre que salgo en bicicleta por las calles de San Luis, y al ir pedaleando, creo encontrarme en otra ciudad. Temo que uno de estos días, hasta yo mismo me desconozca. Hace poco tiempo -debo confesar-, viví una experiencia similar. Por avenida Justo Daract al norte, nunca imaginé que San Miguel de Tucumán podía quedar tan cerca. Allí estaba a mi derecha –igual al troquelado del Anteojito-, la histórica casa donde se juró la Independencia. Conmovido por el hallazgo, corrí hasta su puerta. Pero me duró poco la fascinación, al constatar que en aquella época, ya la obra pública presentaba los mismos vicios de hoy en día. A la vivienda, le estaba faltando el piso, paredes y techo también.
Sin mucho más para conocer, regresé hasta avenida España y tomé Rivadavia, convencido que llegaría a la Plaza Pringles. En Pedernera encuentro que ahora la calle, allí se interrumpe. Y de no hacerme al lado, un tropel de gente habría caminado encima mío. ¿Esta no es Florida? pregunté extrañado, buscando alguna referencia como la ferretería Mollo, que ocupaba toda una esquina. El progreso me tenía desconcertado, cuando descubrí en dirección al cielo, la mismísima Estatua de la Libertad. ¡Había llegado a Nueva York, en una sola pedaleada! Definitivamente ahora estaba perdido. Opté entonces por tomar el camino que siempre transito en dirección a Potrero de los Funes, pensando que así me reencontraría con mis paisajes familiares. Ignoro de qué modo volvió a suceder. Lo cierto es que al dar media vuelta al dique, me entreveré en una comparsa que perdía el paso de baile seguido -y sus plumas también-, sin dejar de sambar. Un inspirado cartel con la leyenda “Carnaval de Río”, confirmó mi suposición. Esta vez, la ruta acabó depositándome en Brasil. Todo en mi mente ya era confusión ¿En qué instante pudo suceder? ¿Y cómo hacía para encontrar el camino de regreso a mi entrañable San Luis? A quien lo tenga en su poder, le pido por favor, que nos lo devuelva.








