Cuando un 8 de setiembre de 1948 el cine Opera inauguró su nueva sala en San Martín 578, fue el mayor adelanto edilicio alcanzado entonces en la ciudad. Razón por la cual el gobierno provincial dispuso eximir del pago de impuestos a sus dueños, hasta tanto cancelaran los gastos que había demandado la obra, cuenta la investigadora María Teresa Carreras.
Con sus tres pisos de altura no existía por aquella época otra construcción de las mismas características que la superara. El proyecto había sido concebido para funcionar además como teatro, y “brindaba todas las comodidades que los artistas y el público requerían”, destaca también la escritora en su libro “La guitarra en San Luis”.
Propiedad de Jorge Canta y José San Juan, la sala fue escenario de grandes estrenos fílmicos hasta 1980 en que cerró sus puertas. Al edificio lo reabriría luego la Sociedad Italiana que ya tenía el cine Roma, para definitivamente suspender las proyecciones a mediados de 1990, y convertirse años después en el casino “Golden Palace”

De impecable canasto de mimbre colgado al cuello y recorriendo los pasillos de la sala, otro habitante entrañable del Opera fue don Carlos Mini. El recordado caramelero– también nombrado chocolatinero- realizaba su aparición estelar antes de comenzar la función, o en el transcurso del intervalo.
Cremalines, Tofees de leche, confites Sugus, Rodhesias y el famoso chocolate “tacita”, nunca alcanzaban a dar la vuelta entera. El público le vaciaba toda la carga antes que la sala terminara de oscurecerse, mientras a la sombra una luz tenue suspendida en el aire, marcaba el camino a los infaltables relegados. Con su linterna de bolsillo, el acomodador era el encargado de acompañar al espectador hasta su ubicación en alguna de las 1.300 butacas del cine, apunta Juan “Bochi” Mini, hijo de Carlos. Y quien a veces, siendo aún niño, se ofrecía en cumplir esta tarea, esperando juntar de propina unas monedas.
Pared mediante al fondo de la platea alta, donde en una época hubo que colocar tablones de asiento por los destrozos que causaban los asistentes, estaba la cabina de proyección. Ambrosio Gómez, uno de los antiguos operadores, ingresaba allí temprano a preparar las cintas y máquinas para iniciar la función. Las películas de Randolph Scott o de Cantinflas (aún en blanco y negro) estaban entre las que mayor cantidad de público convocaban. Del igual modo cuando la cartelera la ocupaba una sugerente Isabel Sarli, que le hacía perder la cabeza y documentos a cuanto adolescente no pudiera acreditar los 18 años. Bajo esta excusa buscaban eludir la exigencia de ser mayor de edad, sin saber que en la entrada los esperaba el inspector municipal de Espectáculos, Ramón Brogliere. “¿En qué fecha naciste?”, les preguntaba de improviso para dejar a los jóvenes tecleando, y sin más remedio que resignarse a volver el sábado a la matinee.

Al tener de vecina la radio LV 13 por el fondo, bastaba con extender un cable para que los domingos a la mañana, también la emisora montara una transmisión especial desde el interior de la sala. Temprano la gente comenzaba a agolparse en las puertas, pugnando por presenciar los números artísticos y participar de sorteos.
Cine al fin, tampoco había que esperar el estreno de una nueva secuela de Batman, para que los murciélagos realizaran sus habituales paseos dentro del recinto. Era costumbre sorprender algunos de los porteros -el “Cantinflas”, el “Pocholo”, o el “Gallina” Puertas-, en denodada lucha contra las alimañas a escobazos limpios.
Cuando en 1990 cierra el Opera, no hubo más superhéroes, acomodadores, ni carameleros. Don Catutti, que tuvo florería en el mismo edificio, hacía rato también había partido. El lugar lucía desierto y abandonado, desprovisto de toda magia y fantasía. Triste señal de que la función finalmente había terminado.



