Informalidad. Precariedad de la vivienda. Urbanización inversa. Cambio climático. Pandemias. Problemas que generan conflictos estructurales del modo de producción del espacio urbano y afectan la calidad de vida de los residentes, configurando múltiples desigualdades urbanas.
La ciudad como hábitat está siendo fuertemente cuestionada. ¿Cuándo el debate urbano asumió que la política urbana era la mejora parcial de ciertas áreas, imponiendo la fragmentación urbana como modelo de ciudad y estrategia de intervención pública?. Resultado: cualquier medida tomada por los gobiernos, han visibilizado los regímenes de desigualdad de nuestras sociedades. La causa?. Frente a la incertidumbre es irresponsable elaborar predicciones y dejarse llevar por un futuro lleno de solidaridad. Lo único cierto es que con las libertades cercenadas, se profundizarán las inequidades y se modificarán los mecanismos institucionales de acceso a los recursos, provocando mayor desigualdad, pobreza e incertidumbre.
Políticas públicas ausentes han provocado desigualdades intraurbanas alarmantes que requieren un adecuado diagnóstico y ser comprendidas y ubicadas como ejes de la nueva política urbana, no la que conocemos que evidentemente ha fracasado desde mucho antes de la Pandemia e incluso desde mucho antes del Cambio Climático. Por incapacidad estatal, por ausencia de marcos generales sobre el tema y por las coyunturas políticas del país, el resultado es el mismo: ésta Pandemia hace visible e intensifica las condiciones preexistentes.
La cuarentena nos ha enseñado que la vivienda no es la ciudad. Es el eje central de la desigualdad por sus tres componentes básicos: ubicación, condiciones y seguridad; con su reproducción en nuevas periferias reclamando accesos a servicios y mitigación a riesgos. Y el “quédate en casa” terminó siendo una ironía que nos ha enseñado que la movilidad tampoco es la ciudad. Las ciudades son movimiento y localización, al mismo tiempo y en distintas escalas, es el eje central de cualquier estrategia para enfrentar el fin de la cuarentena y sin embargo fue otro de los ejes de desigualdad, por la ausencia de acciones públicas. Y el lema imperante de “cada uno como pueda” es sólo la renuncia de tratarlo como un asunto público.
Una gran cuestión que evidencia la pandemia es la necesidad de retomar el sentido de la ciudad: ¿para qué? y ¿para quién?. Más que nunca son necesarias las políticas públicas, los servicios públicos y los espacios públicos, el que cobra una importancia que, en la estructura y la lógica de la planificación, había sido tratado como un resultante o como un uso más.
El diseño de nuestras ciudades, basado en la especialización en usos por la zonificación y absurdas restricciones, sumado a la centralización de los servicios, agudizan los riesgos, ya que nos obligan a desplazarnos constantemente para satisfacer las necesidades del diario vivir, generando una alta movilidad y aglomeraciones, en espacios públicos tan o más pequeños que las viviendas. Y el famoso “distanciamiento social” se convierte así en la mayor parodia a la que somos sometidos.
Insisto, es difícil hacer predicciones sobre futuros concretos y seguro se requiere mucha innovación y colaboración para encontrar “soluciones” a problemas que nos acompañan hace mucho. Sin embargo, quizá un punto de partida es reconocer la insuficiencia de pensar las salidas desde otras experiencias. En todo caso, lo que deberíamos preguntar, hoy más que nunca, es por qué estuvo fuera del debate público lo que hoy nos explota en la cara y supuestamente nos toma por sorpresa.
El Arq. Adrián Gorelik, decía que gran parte de los estudios urbanos construyeron “una piscina de natación de aguas calmas donde, en plena transformación turbulenta de la ciudad, la imaginación urbana nada en su impotencia”.
Pese al pesimismo de estas épocas, ojalá logremos sacudir y volver a pensar el modelo de ciudad que queremos.



