La arquitectura hostil es una realidad inquietante en nuestras ciudades. Es una forma de diseño que, bajo el disfraz de la funcionalidad, seguridad y orden, prioriza la exclusión sobre la inclusión.
Esta práctica, a menudo repersentada por elementos como bancos con divisores, superficies inclinadas o picos en espacios públicos, está diseñada para desalentar el uso prolongado o no deseado de ciertos espacios.
Para los arquitectos, enfrentarse a esta realidad es más que un desafío técnico; es una cuestión ética donde el espacio público, se convierte en un terreno de control y exclusión, despojando a las ciudades de su esencia democrática.
La arquitectura no es neutral; y puede rediseñar nuestras ciudades con empatía. En un contexto urbano donde la falta de vivienda o el desempleo son crecientes, la arquitectura hostil es una respuesta superficial a problemas estructurales más profundos. En lugar de soluciones integrales, se opta por diseñar obstáculos, marcando la diferencia entre quienes pueden acceder y quienes no.
Estas intervenciones evidencian un fracaso colectivo. Sin embargo, el diseño tiene el potencial de transformar ese discurso y los arquitectos tienen la capacidad de crear espacios que fomenten la inclusión y la justicia. El reto no es menor, la arquitectura hostil está arraigada en paradigmas que priorizan la seguridad, la eficiencia y la exclusividad. Transformar estos valores requiere cuestionar sistemas establecidos y creatividad para reimaginar un urbanismo basado en la equidad.
Las ciudades son hostiles, no lo es la arquitectura. Somos hostiles entre nosotros y con el ambiente en el que vivimos. Si no respetamos las normas, poco o casi nada puede aportar el diseño arquitectónico.
Todo el que se sienta agredido, ya sea dueño, peatón o automovilista, entes privados o públicos, indigente o millonario, intentará resolver su problema como mejor le acomode. Colocará rejas, muros con tendido eléctrico, eliminará asientos o los hará inutilizables para sentarse o acostarse sólo para proteger el espacio que considera suyo y que le está siendo agredido o arrebatado. Esta situación conduce a una carencia de arraigo territorial generando desprecio por el lugar y desconexión social, además de promover una hostilidad generalizada.
“La solución no está solo en la arquitectura, la arquitectura da respuestas a situaciones sociales que los ciudadanos identifican y deciden solucionar con o sin empatía. Antes de centrarse solo en la arquitectura por favor hay que centrarse en la política.” (Hortensia Pérez Machado).
No es fácil, pero es urgente.



