Alejandro Aravena puso a Chile en el mapa del Pritzker hace algunos años, pero la figura de Smiljan Radic ya llevaba tiempo orbitando ese mismo territorio. Hoy es el nuevo Premio Pritker de la arquitectura, 2026. Sus obras siempre parecieron desplazarse por un carril paralelo al de las corrientes dominantes: ni completamente minimalista, ni estrictamente brutalista, ni tampoco alineada con la estética tecnológica que domina buena parte de la producción global. Hablar del estilo de Radic obliga a pensar la arquitectura como un elemento en estado de tensión. Sus obras parecen recién aterrizadas en el sitio, como si hubieran sido depositadas allí por una fuerza externa. Esa sensación proviene de su forma de trabajar con volúmenes elementales y materiales crudos: hormigón, piedra, acero, vidrio. No hay en él una obsesión por la pureza formal sino por la intensidad espacial. Sus edificios suelen ser compactos, casi monolíticos, pero al mismo tiempo extrañamente frágiles. Esa dualidad, peso y ligereza, masa y suspensión, atraviesa buena parte de sus proyectos. Grandes cuerpos apoyados en puntos mínimos, superficies rugosas que capturan la luz de manera irregular, envolventes que no buscan la perfección sino la textura. En lugar de borrar las imperfecciones del material, las enfatiza. El hormigón aparece con huellas, la piedra mantiene su carácter bruto, las superficies se comportan como pieles vivas. Otro rasgo evidente es la dimensión casi escultórica de sus edificios. Radic produce objetos con una presencia fuerte, casi enigmática, que dialogan con el contexto desde la diferencia. Esa ambigüedad formal abre múltiples lecturas y hace que sus edificios resistan el paso del tiempo con cierta independencia de las modas. Es notable su interés por referencias culturales no convencionales. En ese sentido, sus proyectos funcionan como pequeñas narraciones construidas. No buscan únicamente resolver un programa; intentan producir atmósferas. Radic se ubica en una línea que podríamos llamar poética material. No es una arquitectura tecnológica ni paramétrica. Tampoco responde al racionalismo ortodoxo. Su trabajo se mueve más cerca de una sensibilidad artesanal, donde el proceso constructivo y el comportamiento del material son parte central del proyecto. Cada edificio parece surgir de un acuerdo específico entre estructura, la gravedad y el paisaje.







