Un árbol, el poste de luz o la base del cesto de basura, en San Luis no son muchos los espacios habilitados para dejar atada la bicicleta, sin temor a que desaparezca. Y de práctica, económica y saludable, puede convertirse en cuestión de segundos en una molestia, cuando tenemos dificultades de hallar un sitio seguro donde ubicarla.
Con un creciente número de personas que eligen a diario desplazarse sobre dos ruedas, la falta de lugares apropiados para estacionar estos rodados, asoma de a poco como un inconveniente real. Situación que salvo contadas excepciones, se repite en establecimientos educativos, reparticiones públicas, centros de salud y clubes deportivos también.
La firme política de promover el uso de la bicicleta entre la población, enfrenta aquí una limitante que la desalienta. Hoy son más los ciclistas que desisten de llegar pedaleando a su destino, de los que aprovechan las ventajas de este medio de locomoción, para transportarse sin sobresaltos por las calles de la Ciudad.

Disponer de espacios seguros donde poder dejar temporalmente el rodado, aparece entonces como una silenciosa demanda de sus usuarios. Las playas de estacionamiento en ese sentido, figuran dentro de las alternativas, pese a que la gran mayoría no cumple con la norma, que les exige dar cobijo a estos vehículos menores.
Según el artículo 24 de la ordenanza 3090 de noviembre de 2007, todos los recintos comerciales de este tipo están obligados a exhibir -junto a la tarifa, días y horarios-, la leyenda: “se permite el ingreso de motocicletas y bicicletas”. La misma normativa aclara además, que el monto a cobrar deberá ser “mucho menor a la de un automotor”.
Del conjunto de playas habilitadas en San Luis, sólo dos tienen el cartel exigido por la Municipalidad ("Belgrano" y "Rivadavia"), con abonos que van de 2 a 5 pesos la hora. Otras directamente no reciben estos rodados (al lado de DOSEP). Y aunque evitan publicitarlo, también hay unas pocas que aceptan su guarda, sin cargo ("Parking" y "9 de Julio").

Receptoras de más de 10 mil bicicletas entregadas por el Gobierno, las escuelas tampoco han implementado aún medidas que alienten su uso, como adecuar un sector donde estacionarlas. Si un alumno llega pedaleando, es una incomodidad para el establecimiento, al tener que improvisar algún lugar en los pasillos, en caso de autorizar ingresarla.
Esta misma situación se presenta en edificios con gran afluencia de gente. Así hallamos las oficinas públicas del Centro Administrativo en calle Ayacucho, el Poder Judicial, la Municipalidad, Jefatura Central, comisarías y hasta salitas de salud. Y lo que resulta llamativo, también el velódromo sobre avenida Santos Ortiz.
Por el contrario, entre los particulares y pequeños negocios, la consideración hacia los ciclistas es diferente. Causa beneplácito observar bicicleteros en el ingreso a un mercadito, taller de calzados o peluquería. De igual modo, en el parque industrial, donde estos espacios están protegidos completamente e incorporan además vestuarios.

Pero tratándose de la actividad privada, no sucede lo mismo en muchos supermercados y centros comerciales. En San Luis Shopping, por ejemplo, el sector de bicicletas está a la intemperie, pegado al ingreso y sin custodia, lo cual es muy inseguro. Idéntica situación se presenta en Walmart, que también tiene una jaula, a la que sólo acceden sus empleados.
La falta de lugares apropiados donde poder estacionar, por lo visto es aquí un problema de antigua data. Hoy les toca el turno a los ciclistas. Y hace casi dos siglos, también lo padeció el gran San Martín, cuando de paso por la Ciudad, parece no haber encontrado otro mejor palenque donde atar su caballo, que el escuálido quebracho de la Catedral.



