Una mirada

Un lobo en la puerta

“Entonces todo se encierra en el poder, el poder de la voluntad, la voluntad en el apetito y el apetito, un lobo universal, secundado por la voluntad y el poder, debe hacer forzosamente del Universo su presa, y por último se devora a sí mismo”. W. Shakespeare. Troilo y Cresida.

A mediados de los 70, los Homo Sapiens reconocimos que nos habíamos convertido en un “lobo universal” y ya no simplemente en un saqueador local. Y la cita anterior explica qué ocurre cuando la rapacidad se convierte en universal. Quizá siempre hayamos tenido la voluntad. Hemos contaminado lugares concretos con anterioridad, pero hasta el siglo pasado no contábamos con el poder de dañar verdaderamente a nivel planetario.

La difusión perniciosa de nuestro poder y el conocimiento de esta capacidad última de destruirnos, es lo que engendra el impulso para que la preocupación por el medio ambiente, una cuestión local, se transforme en un imperativo global.

La defensa del medio ambiente es uno de los elementos clave de una de las modificaciones más portentosas de la humanidad: la transición del siglo XX desde centros locales, desarrollados con in-dependencia, a una sociedad y economía globales. Nuestros antepasados no necesitaban una tecnología compleja para destruir ambientes locales y limitados. Los maoríes de Nueva Zelanda, en el siglo XII, encontraron una fauna dominada por unas 25 especies de pájaros pesados que no volaban y cuyo tamaño iba desde un pavo hasta un avestruz y durante 500 años se dedicaron a exterminarlos.

La decadencia y desaparición de los habitantes de Isla de Pascua no es un misterio oscuro, sino la consecuencia de un saqueo tan completo que no quedó un solo tronco para trasladar las figuras desde las canteras hasta su emplazamiento.

Con la Revolución Industrial y el aumento de poder, todavía no llegamos al reino universal de los lobos. A principios del siglo XIX, William Blake acusó la presencia de “fábricas oscuras y satánicas sobre el verde de las montañas y los pastos agradables” de las antiguas propiedades rurales de Inglaterra. Aun así, el humo vomitado desde Birmingham y Pittsburg no ensució el lejano Taj Mahal (hoy dañado por la lluvia ácida) ni molestó a los pájaros de las desiertas islas oceánicas (que sufren la existencia de residuos de pesticidas en sus huevos y crías).

Empezamos a tomar conciencia del alcance de nuestro violento ataque contra la atmósfera y los ecosistemas cuando pudimos apreciar la imagen de la Tierra como una esfera resplandeciente en el espacio, que nos obligó, como ninguna otra imagen lo había hecho antes, a observar nuestra morada como algo limitado, con todas sus partes interrelacionadas.

En 1969, U Thant, Secretario General de la ONU dijo: “No quiero parecer demasiado dramático pero sólo puedo concluir que los miembros de la ONU tienen unos diez años para arreglar sus antiguas disputas e iniciar una colaboración para dominar la carrera armamentista, mejorar el entorno humano, controlar la explosión demográfica y dar el impulso requerido a los esfuerzos para el desarrollo. Si esta colaboración no se forja en la próxima década, temo que los problemas que he mencionado alcancen proporciones que escapen a toda posibilidad de control.” Una publicación de 1991 de la UNESCO identifica cuatro categorías principales de daños globales: Cambio climático debido al aumento inexorable de dióxido de carbono que facilita el efecto invernadero y el calentamiento global. Reducción de la capa de ozono, causada por la liberación en el aire de fluoro y halocarbonos. Lluvia ácida, con altos niveles de óxido de nitrógeno y dióxido de sulfuro de emisiones industriales, que daña en forma lenta ríos, arroyos y lagunas, así como al arte y la arquitectura. Extinción de especies con un índice que supera la cantidad total de pérdidas durante las muertes masivas de nuestro registro geológico. Las tres primeras son peligrosas aunque reversibles y la presión política ya ha mostrado indicios de moderación y hasta reversión. Pero la pérdida de especies no puede repararse en ninguna escala de tiempo que sea aplicable a la vida humana, porque es el producto único de una secuencia de la evolución de miles de millones de años.

Los humanos no amenazan el planeta a su propia escala de tiempo. Nuestros ataques al medio ambiente resultan peligrosos y aterradores porque su impacto sobre nosotros y nuestros compañeros de evolución (desde medio millón de especies de cucarachas a la única especie de oso hormiguero), se siente en la inmediatez de la escala humana. La extinción del cretáceo quizás fue maravillosa para los mamíferos que estaban a diez millones de años de un futuro evolutivo insondable. Pero para un dinosaurio eso fue un desastre personal y general y si pensamos que nosotros somos ese dinosaurio y no el resultado de un futuro distante e imprevisible, quizá movilicemos los productos de nuestra propia y única conciencia para rectificar nuestra guerra civil contra nosotros mismos y persuadir a la Tierra que constituimos un detalle insignificante, al menos durante este “corto mientras tanto” que, para nosotros, es de aquí a la eternidad.

Este artículo se publicó en la edición 41 de Vivir Urbano. Leer la edición completa