Una historia

La piedra en el zapato

La piedra en el zapato

Primero el ensanche de veredas, más tarde los desagües pluviales y para completarla luego vino el adoquinado de la Av. Illia. Todas obras que debieron encararse de una sola vez, y cuyo beneficio aún está por comprobarse.

Cubrir las calles de adoquines es un sueño que siempre ha desvelado a jefes comunales de San Luis. Desde 1888 cuando hubo un primer proyecto, repetidos fueron los intentos que quedaron a mitad de camino; incluso antes de comenzar. Con canteras de granito aquí cerca, piedra era lo que sobraba, aunque no faltó quien propuso usar también madera, al mejor estilo piso de “parquet”.

La ilusión de ver la ciudad pavimentada del mismo modo que las grandes capitales de Europa y Buenos Aires, hizo a muchos creer que sería una obra fácil de concretar. Razones estéticas, técnicas y económicas alentaban la elección de este sistema, que algunos entendían como un simple juego de encastre, hasta que acababa convirtiéndose en un imposible rompecabezas.

La piedra en el zapato

Fue el intendente Garro, dice El Oasis del 9 de noviembre de 1888, quien en ese sentido se le ocurrió lanzar la primera piedra. Su proyecto preveía adoquinar un radio de 30 cuadras, entre San Martín, Colón, 25 de Mayo y Pedernera. El trabajo lo haría la Municipalidad, para lo cual le solicitó a la Provincia 10.000 pesos, y el adelanto del 25% de la contribución directa que recibía la ciudad.

Como el bienestar de los vecinos iba en un sentido y el interés de los gobernantes en otro contrario, el prometido empedrado debió esperar algún tiempo. Recién en diciembre de 1889 la comuna anunció de modo rimbombante el inmediato inicio de las tareas, junto a la instalación del novedoso tramway. El negocio, según ya muchos advertían, marcharía sobre rieles igual que tantos más.

Ambas obras –explicaba la prensa– avanzarían a la par, en virtud que para sacar el granito del cerro de la Aguada era necesario colocar un tramo de 6 kilómetros de vías. Allí, en una cantera de la familia Barboza, habían comenzado a trabajar 50 operarios, mientras los empresarios Menichetti y Barberini se interesaban en pasear por las redacciones, el modelo de adoquín que producían.

La piedra en el zapato

Así estuvieron los diarios varios meses, repitiendo hasta el hartazgo las ventajas del prometido pavimento, cuyo inicio venía demorado. El tramway, que para 1890 había comenzado a circular, decidió al año cancelar sus líneas. La gente nunca se habituó a usar sus servicios, y reclamaba por la incomodidad de los rieles asentados directamente sobre la tierra. Del empedrado, aseguran, nadie llegó a ver si quiera una piedrita.

Cada día que pasaba, pozos, barrancas, acequias abiertas, puentes destruidos iban adueñándose de la ciudad. Y antes que no quedara lugar por dónde transitar, el Concejo Deliberante autorizó en 1907 al intendente José Romanella a comenzar con el macadam. Los vecinos que poco entendían de las tareas, notaban sin embargo que el esparcido de la capa de arena y pedregullo apenas si cubría el piso.

Grandes lodazales se formaban ante la mínima lluvia. No así frente a la vivienda, negocio y barraca que el jefe municipal tenía en el extremo norte de Colón, donde la calle lucía impecable. El mismo trabajo de pavimentación había adoptado en ese lugar la extraña forma de un firme adoquinado. “Lo que para otros parecía obra de romanos, fue obra de decir y hacer. Al César lo que es del César”, acotaba con ironía El Heraldo un 7 de febrero de 1908.

La piedra en el zapato

A los pocos años -como era de esperar- el precario macadam desapareció y con fuerza resurgieron iniciativas que aconsejaban el uso del adoquín. Aunque en esta oportunidad la novedad impulsada desde los estamentos oficiales, era el empleo de tacos de algarrobo para las arterias que daban vuelta las plazas Pringles e Independencia. Mientras que en el resto del casco céntrico, se ocuparía granito. La huella de los vehículos al costado del empedrado en la ruta provincial N°18, marca el rechazo a una obra que finalmente se reconocería mal hecha. El proyecto, autoría de Felipe Velázquez (director de Obras Públicas), formaba parte de un plan mayor para embellecer y modernizar la ciudad presentado al gobernador Juan Daract, un 23 de agosto de 1913. Y que no sólo preveía pavimentar con madera, sino también aumentar el ancho de las calles a 20 metros y completar la circunvalación del radio urbano, con la apertura de una avenida en el extremo sur (hoy Juan G. Funes). El adoquinado que desde 1911 venía realizando el municipio de San Juan con algarrobo de San Luis, significaba el mejor aval para los impulsores de esta iniciativa. Los hermanos Hidalgo que tenían un aserradero establecido en Palo Lindo, fueron entonces los encargados de proveer a lo largo de cuatro años, el material extraído de los bosques puntanos que tapizó las calles Laprida, Rivadavia, Mitre y la plaza 25 de mayo en aquella capital cuyana. El proyecto, no obstante, quedó en suspenso y ante un nuevo intento en 1924 por reflotarlo, terminó desechado completamente. Entre las razones se explicaba que en la provincia vecina la experiencia no resultó buena. El clima reventó los tacos de madera al dilatarlos, situación que aseguraban también ocurriría en esta ciudad, sumado a que por la pendiente cada vez que lloviera habría que ir a buscar las astillas a Pescadores. La llegada del asfalto en 1928 mandó archivar por largo tiempo todo otro sistema que lo pudiese reemplazar. Recién 65 años después -en 1993-, la intendenta Mirta Verbeke de Canta retomó la idea del adoquinado al anunciar un ambicioso plan de pavimentación. De aquellas obras adjudicadas a la firma EMPOP y objetadas en el Concejo Deliberante, sólo se conservan 3 cuadras en el B° Jardín Aeropuerto, y algunos parches en esquinas del centro. No acobardados, y como si no hubiera vivencia más saludable que recorrer caminos de tierra de la zona serrana, una mañana de 2011 también los puntanos debimos acostumbrarnos a castañear los dientes, cada vez que visitábamos Estancia Grande. La desafortunada ocurrencia (vaya a saber de qué mente iluminada) convirtió en una tortura el reparador paseo, al empedrar tramos de la ruta provincial 18 con trozos de granito en bruto. Pero se sabe que el hombre es el único animal capaz de tropezar repetidas veces con la misma piedra. Las tareas del adoquinado con hormigón que desde setiembre pasado realiza la Intendencia de la ciudad en toda la Illia, así lo confirman. Del mismo modo que los reiterados cortes que ha venido padeciendo la avenida en los últimos años, por la falta de planificación al momento de encarar obras de desagües pluviales y extendido de veredas.

Fuente: http://inbicible.blogspot.com/

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Este artículo se publicó en la edición 45 de Vivir Urbano. Leer la edición completa