Otra forma de exclusión
Las desigualdades en el espacio urbano han ido en aumento desde la década del 70 con los procesos de reestructuración neoliberal global. Este aumento de la desigualdad fomenta la segregación en el espacio urbano y surge la necesidad de controlar las conductas sociales construyendo o alterando el diseño urbano. La arquitectura relacionada a esta hostilidad hacia la diferencia social y la pobreza es la conocida como arquitectura hostil o arquitectura defensiva que viene instalándose en los espacios urbanos de las grandes ciudades del mundo a pasos acelerados. Es así como se construyen bancos con elementos que impiden recostarse o dormitar en ellos o los planos inclinados para evitar la permanencia. Espacios cubiertos de puntas metálicas o de hormigón para impedir la circulación o asentamiento de personas no deseadas, o diseños específicos para dificultar el deslizamiento de las patinetas o el aglomeramiento de adolescentes. Un ícono de hostilidad es el Camden Bench, instalado en Londres en 2012, calificado como el objeto urbano anti-todo o también llamado “no-objeto ya que es más fácil definirlo por todo lo que no se puede hacer con él, que por sus utilidades. Es una masa de hormigón con una morfología y terminación donde no se puede dormir, no tiene grietas donde alojar suciedad, no acumula agua en su superficie, es anti–skaters por que sus bordes evitan el deslizamiento y como además tiene un recubrimiento que repele la pintura, se lo considera anti-graffiti. “Aborda las necesidades actuales de asientos en la calle, por ejemplo, ser tan inclusivo como sea posible mientras se resiste al comportamiento criminal y antisocial”, afirma Factory Furniture, especialistas en diseño y fabricación de mobiliario urbano contemporáneo para espacios públicos y privados. Y aquí es donde nos preguntamos que se entiende por inclusión y si los comportamientos antisociales y criminales refieren a personas sin techo, adolescentes inquietos o a quienes disfrutamos un rayo de sol en las siestas de invierno? ¿Cuales son las conductas antisociales o criminales que llevan a montar bancos en los parques donde si no se pone una moneda, las defensas metálicas impiden que la gente se siente? En Berlín, Alemania se encuentra el “Pay & Sit: The Private Bench”, consiste en un banco cubierto con puntas de metal retráctiles y una ranura para monedas. Si quiere sentarte en el banco debe pagar € 0,50. Marc Augé acuñó el concepto “no-lugar” para referirse a los lugares de transitoriedad que no tienen suficiente importancia para ser considerados como “lugares”, y si reflexionamos respecto del los espacios públicos actuales y esta necesidad de manipular sus protagonistas y sus destinos, ¿los estamos convirtiendo en no-lugares? Estas decisiones de políticas urbanas nos dejan necesariamente el interrogante de quiénes son los dueños de la verdad a la hora de discernir los que pueden usufructuar el espacio urbano y para quienes está negado, considerando que los espacios públicos deben ser inclusivos y favorecer la permanencia en ellos. Muchas son las consideraciones y opiniones al respecto. Empezando por quienes opinan que estas políticas tienden a imposibilitar la vida en la calle y los espacios públicos son reemplazados por espacios comerciales. No importa tanto el carácter funcional de la ciudad como su categoría de espectáculo, que es lo verdaderamente rentable. Si hay miseria que no se note, decía el dicho popular y nada más cercano a la realidad si la consecuencia de evitar que la gente sin techo utilice los espacios públicos, es relegarlos a la periferia lejos de los centros comerciales o paseos turísticos. Abordando un profundo problema social desde una perspectiva si se quiere inhumana. El pragmatismo con que la arquitectura hostil ofrece soluciones a la problemática social es la base de su acelerado crecimiento a nivel mundial y alarma pensar que estas intervenciones urbanísticas no hacen mas que limitar el uso del espacio público con lo que implícitamente están cercenando la libertad de todos los ciudadanos. Una forma de poder y control que convierte a las ciudades no sólo en incómodas sino que las vuelve en contra de sus propios habitantes. Personalmente me gustaría que mis nietos pudieran disfrutar de un parque, una plaza, andar en skate, tirarse a tomar sol, tomar mate o besar por primera vez a la luz de la luna. No quisiera que les estuviera negado ver que hay gente que necesita ayuda y poder ayudar, estoy segura que eso lo haría más sensibles, más comprometidos. Por que nadie nace aporofóbico (rechazo o aversión a los pobres) eso se cultiva socialmente, pero si eso proviene desde el Estado, estamos en serios problemas.








