El concepto de lugar, quizá por la sensación de estar desapareciendo ha tratado de definirse reiteradamente en los últimos tiempos. En la interpretación de Henri Lefebvre se trata de aquella referencia sicológica que el hombre en origen hiciera sobre el medio natural para desenvolverse en él. Para el hombre agrícola era un punto del territorio con un significado; un campo, un río, una montaña, unas ruinas y entonces, le asignaba un nombre.
Observando un plano toponímico descubriremos que cualquier lugar está plagado de nombres, es decir, de lugares con un significado para alguien. Encontramos que hay lugares especiales, pues tienen significado relevante para una mayoría. Reconocerse en un lugar significa conectarse con esta identidad cultural y valorarla como parte integral de quiénes somos.
La progresiva tecnologización y mecanización de las ciudades, la racionalización y planificación de sus estructuras, buscó a lo largo del siglo XX organizar y optimizar el asentamiento de grandes poblaciones. Ello mejoró en Europa las condiciones de vida, no obstante parecía llevar aparejada la idea de la “artificialización” del mundo. La naturaleza pasaba a ser un obstáculo, un simple recurso que la “superior lógica humana” debía utilizar. La idea del pacto entre hombre y naturaleza tendía a diluirse.
Así fue como la bien intencionada ciudad de los ensanches se fue transformando apenas sólo limitada por la economía productiva y las posibilidades de la técnica, sin control sobre el territorio.
Sin dejar de resultar fascinantes con sus luces, velocidad, centros comerciales y la posibilidad de ir a un lugar a otro, un par de aspectos resultan inquietantes: la velocidad con que son creadas, típica del ritmo de vida moderno que arrastra, lo quiera o no, a quien pretenda una existencia independiente, impide la tranquila modelación y adaptación de su entorno del poblamiento histórico.
La planificación por parte de los poderes públicos, los materiales industrializados y globalizados, redundan en una despersonalización casi total: una periferia es casi idéntica en Shanghai que en Kuala Lumpur. El toque personal que el propietario da a su comercio o a su casa resultan incompatibles con un mundo de franquicias y viviendas adosadas. En este contexto la idea del lugar se hace inviable. La personalidad se diluye en una corriente única. Si nos preguntaran por qué es así, cabría apelar a la incapacidad de ponerle nombre a cada urbanización, planta o lugar. Entonces, ¿Como denominar algo que carece de identidad? ¿Cómo recuperar los lugares?



