La tensegridad es un principio estructural en el que barras rígidas trabajan únicamente a compresión y están suspendidas dentro de una red continua de cables o tensores que funcionan solo a tracción. La clave de la resistencia está en la distribución interna de tensiones. Ninguna de las barras se toca entre sí, y la estabilidad surge del equilibrio de fuerzas internas: la compresión queda aislada en los elementos rígidos mientras la tracción se distribuye por toda la red. Este sistema genera estructuras livianas, resistentes y autoportantes capaces de cubrir grandes luces con un consumo mínimo de material y, a diferencia de los sistemas convencionales, (donde se combinan esfuerzos de compresión, tracción y flexión), en la tensegridad cada pieza cumple una función definida y separada, lo que elimina la aparición de pandeo y reparte de manera uniforme las cargas dinámicas. Las fuerzas de tracción mantienen los componentes comprimidos en una posición estable, creando un estado de equilibrio autoportante que se ajusta constantemente. Este comportamiento otorga a la estructura una capacidad de adaptación y absorción de esfuerzos muy superior a la de los sistemas rígidos tradicionales. Una estructura de tensegridad mantiene su estabilidad incluso cuando se altera o se retira alguno de sus componentes, ya que el sistema redistribuye las cargas para conservar el equilibrio. Su resistencia se manifiesta en la capacidad de soportar esfuerzos sin colapsar, y no por acumulación de material. La eficiencia de este sistema muestra que la estabilidad estructural se puede alcanzar no solo a través de la masa, sino con la integración armónica de fuerzas, y propone repensar el diseño estructural.





